De Ciudad Educadora a Comunidades Educadoras: el futuro que ya está en marcha

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Treinta años que han cambiado el marco: la ciudad como agente educativo

Hace más de tres décadas, la Carta de Ciudades Educadoras formuló una idea que, con el tiempo, se ha convertido en una evidencia: “la educación trasciende los muros de la escuela para impregnar a toda la ciudad”. Aquella formulación aparentemente sencilla abrió un nuevo campo conceptual que entendía la ciudad (sus espacios, servicios, relaciones, instituciones y ciudadanía) como un ecosistema educativo permanente.

La innovación no fue sólo política y técnica, sino sobre todo cultural.Desplazó la mirada de la escuela como único centro de gravedad educativo a una idea de ciudad que también educa, que acoge la diversidad, que promueve vínculos y que hace de la convivencia y los aprendizajes una tarea colectiva.

Este cambio de perspectiva tuvo una consecuencia decisiva: ampliar el derecho a la educación más allá de la enseñanza obligatoria. Asentó las bases de lo que hoy llamamos educación 360.

"Los tiempos y espacios fuera escuela son hoy más determinantes que nunca para el crecimiento de niños y adolescentes"

Treinta y cinco años después, ese movimiento ha demostrado estar no sólo vigente, sino imprescindible. El momento actual, marcado por profundas desigualdades, crisis ecosocial, fragilidad democrática y nuevas formas de socialización, pide un paso más allá. Y este paso, hoy, se enriquece con la perspectiva de comunidades educadoras.

El centro es hoy la comunidad: una realidad que ya existe

No hace falta imaginar escenarios futuros, los fundamentos de las comunidades educadoras ya están aquí. Cientos de municipios, entidades, escuelas, familias y profesionales están convirtiendo barrios y pueblos en escenarios educativos llenos de vida.

Esta realidad se ha hecho especialmente visible en espacios de reflexión colectiva como la 7ª Jornada Anual de Educación 360, donde la conversación central con Yayo Herrero puso palabras a una intuición compartida: la educación que realmente transforma es la que arraiga en el territorio y se construye desde la comunidad.En este contexto, Yayo Herrero también hizo una reflexión clave: "el ocio y el tiempo libre, o lo ocupas o te lo ocupan". Esta afirmación sintetiza un diagnóstico muy actual que muestra que el tiempo y los espacios fuera escuela son hoy más determinantes que nunca para el crecimiento de los niños y adolescentes. Si no los llenamos de amistades, actividades significativas y referentes adultos positivos, estos espacios están rápidamente ocupados por otras fuerzas que promueven el aislamiento social, la soledad, el sedentarismo o los mensajes de odio.

Por eso Yayo insiste en que hay que “tejer relaciones densas y comunitarias en los espacios en los márgenes”. Porque el ocio educativo no es sólo una actividad complementaria: es el espacio donde muchos niños descubren quiénes son y qué les gusta, dónde encuentran sus primeros círculos de cariño, y dónde experimentan formas de participación y de vida colectiva.

Esta forma de entender el fueraescuela como un espacio educativo lleno de potencial ya se está desplegando en muchos territorios. Las experiencias compartidas en la Feria 360 de la Jornada Anual son un buen ejemplo de ello: proyectos coliderados entre ayuntamientos, entidades y centros educativos que fortalecen los vínculos comunitarios y convierten el ocio en un bien común.

"Cuando la Declaración del Día Internacional de la Ciudad Educadora 2025 afirma que “la infancia es protagonista y constructora del futuro” está describiendo prácticas que hoy ya se despliegan en muchos territorios"

Las comunidades educadoras, pues, ya existen. El reto no es inventarlas, sino reconocerlas, reforzarlas y dar la estabilidad estructural para que ese potencial comunitario llegue a todos los niños y adolescentes.

El legado de Ciudades Educadoras que ha hecho posible este salto

L’evolució cap a les comunitats educadores és possible perquè s’inscriu en una genealogia marcada pel moviment de Ciutats E

La evolución hacia las comunidades educadoras es posible porque se inscribe en una genealogía marcada por el movimiento de Ciudades Educadoras. De hecho, muchas de las ideas que hoy reivindicamos desde la visión de educación a tiempo completo ya se encuentran en la Carta y en las diferentes declaraciones que se han ido haciendo:

  • la ciudad como agente educativo permanente,
  • la importancia de generar conciencia comunitaria y habilidades para organizar la vida en común en condiciones de igualdad y justicia,
  • el compromiso de garantizar la participación de la infancia y la adolescencia en la vida comunitaria,
  • la responsabilidad colectiva de sostener la vida.

Cuando la Declaración del Día Internacional de la Ciudad Educadora 2025 afirma que “la infancia es protagonista y constructora del futuro”, no hace sólo una declaración de principios, está describiendo prácticas que hoy ya se despliegan en muchos territorios.

Este marco conceptual basado en tres elementos clave: la ciudad como ecosistema, la comunidad como sujeto y la infancia y adolescencia como agentes que ejercen su derecho a participar con equidad, es lo que ha permitido que iniciativas como la Alianza Educación 360 arraigaran y crecieran. Sin ese cambio de mirada de los años noventa, hoy sería imposible hablar de comunidades educadoras como presente y como horizonte compartido.

Ahora sabemos que educar desde la comunidad no sólo es posible, es imprescindible.

Lo que ya está pasando: barrios que educan, políticas que cambian, comunidades que cuidan

El paso hacia las comunidades educadoras no es sólo una tendencia emergente, es un cambio que tiene reconocimiento institucional, avances normativos y formas concretas de política pública.

En muchas ciudades y pueblos, la transformación educadora se hace visible en la proximidad: calles pacificadas, entornos escolares seguros, espacios públicos con vocación educativa, equipamientos que se convierten en nodos comunitarios y redes de entidades que articulan oportunidades educativas fueraescuela. Los barrios y villas se han convertido en la escala clave para entender cómo los niños y adolescentes viven su derecho a la educación ampliada y que incluye desde el trayecto a pie a la escuela, al tiempo en el parque o en la biblioteca, o las actividades en el casal, en el esparcimiento o en experiencias culturales y deportivas que conectan agentes diversos.

"La educación comunitaria o 360 no es una cuestión voluntarista, es una política necesaria y una responsabilidad pública"

Esta mirada reconoce que las oportunidades educativas se construyen en el tiempo y en el espacio cotidiano y es un profundo avance del modelo educativo del país. Un salto impensable hace sólo unas décadas que ha hecho posible que la ciudad y el pueblo se reconozcan como ecosistemas educativos y que el país asuma que el ocio educativo no puede quedar al margen del derecho a la educación, tal y como confirma el articulado de la Ley de Educación de Cataluña (12/2002 2012). la Ley de los Derechos y Oportunidades en la Infancia y la Adolescencia (14/2010 art. 57 y 58). Estos marcos normativos abren la puerta a una nueva forma de entender las políticas educativas, ya no centradas sólo en la escuela, sino en la globalidad de oportunidades que niños y adolescentes deben poder vivir.

Además, la Síndica de Greuges ha sido explícita en esta misma dirección en el informe La universalización del ocio educativo en Cataluña, que pone cifras y urgencia a lo que muchos territorios ya ven cada día: las desigualdades en el acceso a las actividades fueraescuela son una de las brechas educativas más profundas y más injustas. Por eso, universalizar el ocio es, literalmente, una condición para garantizar la equidad educativa.

Estos reconocimientos institucionales muestran que la educación comunitaria o 360 no es una cuestión voluntarista, es una política necesaria y una responsabilidad pública. Este cambio normativo e institucional converge con una realidad de base muy potente: en todo el territorio, hay comunidades que ya educan, que cuidan y sostienen vínculos.

Hacer estructural lo que ya ocurre: políticas que consolidan comunidades educadoras

No partimos de un vacío: partimos de un legado potente y de un presente activo. El reto de ahora es que avanzar en el derecho ampliado a la educación con comunidades educadoras no dependa sólo de la voluntad local, de la capacidad organizativa o de la solidez de las redes de un territorio. Es necesario que las políticas públicas generen las condiciones para que en todas las comunidades puedan poner al alcance oportunidades para el ocio educativo de niños, niñas y adolescentes.

Esto implica dar continuidad a lo que ya estamos viendo que funciona, y hacerlo desde una lógica de derechos. Hacer estructural esta mirada significa avanzar en propuestas concretas como las que la Alianza Educación 360 ya ha puesto sobre la mesa del Parlamento de Cataluña para priorizar en la futura ley por la inversión del 6% del PIB en educación:

  • Asegurar un mínimo de 2 tardes de actividades extraescolares a todos los niños y adolescentes, a través de ampliar planes educativos de entorno y de incorporar las extraescolares a las “mochilas escolares” del Pacto contra la segregación.
  • Garantizar 2 semanas de actividades de verano para todos los niños y adolescentes, empezando por los que crecen en situación de pobreza, con una medida de país y al mismo tiempo, consolidando planes de verano para reducir desigualdades.
  • Universalizar el espacio mediodía como tiempo educativo y de bienestar que garantiza comidas saludables y entorno educativo para todos los niños y también adolescentes en todas las escuelas e institutos.
  • Invertir para dignificar y adecuar el parque escolar público (climatizar, naturalizar, reformar, pintar, etc.) para que los centros educativos sean, a la vez, equipamientos comunitarios abiertos en el barrio para usos diversos como infraestructura social fundamental también para el ocio.

Estas propuestas no inventan nada nuevo: dan una escala sistémica y de país a prácticas locales que ya existen, que ya transforman ciudades, barrios y pueblos. Y, sobre todo, hacen posible que el derecho a una educación ampliada no dependa de dónde vives o de tu familia, sino que sea una garantía compartida por todas partes que no deje a nadie atrás.

Avanzar hacia este modelo despliega el potencial del movimiento de Ciudades Educadoras. Si hace más de treinta años la Carta abrió la puerta a entender la ciudad como ecosistema educativo, hoy este mismo espíritu nos empuja a reconocer que este ecosistema se construye desde la comunidad y que debe dotarse de estructura, recursos y estabilidad.

Hacerlo es una apuesta por la cohesión social, por la igualdad de oportunidades y por una educación que sostiene la vida y fortalece la democracia. En definitiva, es consolidar lo que muchas comunidades ya hacen cada día: educar desde el territorio para garantizar infancias y adolescencias más libres, con más vínculos comunitarios y llenas de posibilidades.

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