¿Qué ha aprendido la Escuela Municipal de Segundas Oportunidades de Barcelona de su evaluación?

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INVESTIGACIÓN Y ¡ACCIÓN! | EL CÍRCULO VIRTUOSO

A finales de 2019, el Ayuntamiento de Barcelona puso en marcha la Escuela Municipal de Segundas Oportunidades, un nuevo equipamiento en el barrio de Navas, distrito de Sant Andreu. Se trata del primer centro público de nuevas oportunidades de Cataluña. Después de estos tres primeros cursos, hacemos balance con Laia Herrera, supervisora de la escuela, y Jhonny Mancilla, su director, que nos cuentan qué han aprendido durante estos primeros tiempos en marcha, en gran parte gracias a la evaluación realizada por Ivàlua durante el primer año. También nos explican cómo han ido adaptando su forma de funcionar a raíz de dichos aprendizajes.

¿Qué es la Escuela Municipal de Segundas Oportunidades y a quién va dirigida?

LH: Es un recurso socioeducativo de atención integral a jóvenes que se encuentran en situación de abandono escolar prematuro y que tiene como objetivo principal ayudar a estos jóvenes a retomar sus itinerarios educativos y a mejorar sus posibilidades de inserción laboral. La situación de abandono educativo en la ciudad es grave y era necesario un recurso que afrontara esta realidad.

JM: Es un lugar sensible, diáfano, un lugar que acoge. Un lugar que evidencia que el joven acarrea situaciones complejas, pero que las transforma en oportunidades. Atendemos a jóvenes que han dejado los estudios en segundo o tercero de ESO, rebotados del sistema educativo que se han visto superados por ese mismo sistema educativo por distintas razones.

En el mismo momento en el que la escuela entraba en funcionamiento, iniciasteis también un proceso de evaluación de la escuela. ¿Para qué? ¿Qué esperabais conseguir?

LH: El primer año decidimos encargar una evaluación externa a Ivàlua para ver si el servicio que habíamos puesto en marcha estaba realmente dando respuesta al objetivo de reducir el abandono educativo en Barcelona. Sabíamos que las escuelas de segunda oportunidad están funcionando muy bien tanto en el extranjero como en otras comunidades autónomas; lo que no sabíamos es si tal y como lo habíamos planteado en Barcelona podía ser un recurso de éxito.

JM: Se trataba de ver si realmente lo que hacemos en la escuela está dando respuesta a este gran objetivo que es el retorno al sistema educativo y, al fin al cabo, de validar si el primer diseño de la escuela funcionaba suficientemente bien.

¿Y qué habéis aprendido gracias a la evaluación del programa?

LH: Uno de los aprendizajes principales fue que había que acotar mucho más a quién nos teníamos que dirigir. Centrarnos sobre todo en los jóvenes de 16 a 19 años que tienen un perfil complejo de vulnerabilidad social y personal, pero que a la vez muestran el deseo de volver a reconectarse con el entorno educativo.

JM: Tienen que ser jóvenes con un perfil competencial básico, pero que no sea de cero, porque al final la idea de la escuela es ayudar al retorno al sistema educativo o la inserción laboral, por lo tanto tiene que haber un componente mínimo de trabajo hecho previamente. Y eso lo hemos trabajado con los derivadores: que entiendan a qué perfil realmente nos dirigimos. Tanto el Consorcio de Educación como Servicios Sociales ―a través de sus educadoras sociales o educadores de calle―, la DGAIA o Justicia Juvenil. Porque al principio, durante el primer año, nos habían derivado a todos los jóvenes que no encajaban en ninguna parte, lo cual nos había supuesto una dificultad.

Esto en relación con el perfil de los jóvenes a los que atendéis. Pero, ¿y respecto a vuestra forma de trabajar, una vez los jóvenes ya están en la escuela? ¿Habéis introducido algún cambio?

JM: Trabajamos más explícitamente para generar un vínculo entre el joven y la escuela. No es que hayamos cambiado, pero lo hacemos con más fuerza: somos conscientes de que vincularse a la escuela a nivel afectivo da fuerza a los jóvenes. Hace que ellos mismos encuentren un lugar aquí en la escuela y puedan salir adelante. Al final, nosotros somos un medio. Pero ahora lo hacemos de forma más consciente y ponemos más energía para conseguir este vínculo desde el minuto uno. Por otro lado, hemos rediseñado el currículum de la escuela. Hemos instaurado un horario de escuela, de 9.00 a 13.30 h, con distintos módulos: eso le otorga un paraguas más de escuela. Y hemos introducido otro cambio: al principio concentrábamos el trabajo de empoderamiento solamente al inicio, durante las primeras semanas o el primer trimestre, mientras que ahora lo hacemos de forma transversal a lo largo de todo el curso, porque al final es lo que permite al joven ser consciente del itinerario que está realizando. Por último, hemos flexibilizado un poco la duración del programa. La escuela está pensada en dos cursos, pero a veces los jóvenes están fuera de esta lógica de dos años. Y si nos presentamos como un lugar amable, un lugar que respeta incluso el tiempo del joven, no nos podemos encajar en años. También hemos ido aprendiendo de esto y ahora tenemos a jóvenes que están cursando un tercer año en la escuela.

Somos conscientes de que vincularse a la escuela a nivel afectivo da fuerza a los jóvenes, hace que ellos mismos encuentren un lugar aquí en la escuela y puedan salir adelante. Al final, nosotros somos un medio.

Por parte del ayuntamiento, desde el punto de vista de la escuela como política o servicio, ¿habéis tomado alguna otra decisión?

LH: Sí. Si bien al principio nos planteamos la escuela como un servicio de ciudad y que daba respuesta al abandono del conjunto de jóvenes de la ciudad, a partir de la evaluación vimos la necesidad de abrir escuelas adaptadas al territorio, y de hacerlo en los entornos en los que existe mayor abandono educativo. Así pues, próximamente abriremos otro centro en Nou Barris, que es el segundo distrito con un nivel más alto de abandono después de Sant Andreu, donde está situada la escuela actual.

¿Qué sabéis a estas alturas del paso de los y las jóvenes por la escuela? ¿Tenéis datos sobre cuál es el impacto de la escuela?

JM: En estos tres cursos, hemos atendido a 104 jóvenes, de los que 69, prácticamente un 70%, han regresado al sistema educativo. De estos, 53 han terminado ya un PFI y ya están cursando otra formación. Y mientras están aquí en la escuela, estamos en un 70% de asistencia. Creo que es significativo decirlo, porque son jóvenes que venían de protocolos de absentismo, y aquí en la escuela su asistencia es significativa. Y hay que tener en cuenta que no podemos esperar el 100% de la asistencia: son jóvenes con dificultades, todos tienen una historia y acarrean una gran mochila. Esto es lo que sabemos por ahora, pero tenemos previsto realizar una segunda evaluación de la escuela durante el curso 2023-2024 que incluya un análisis de las trayectorias educativas y laborales de los jóvenes y que nos permita aprender más y seguir mejorando como recurso.

Este artículo pertenece al primer boletín de “Investigación y ¡acción”: ¿Cómo facilitamos el retorno a la educación? Las nuevas oportunidades a la luz de la investigación[1] . ¡No te pierdas el resto de contenidos!

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